miércoles, 15 de mayo de 2013

SPECIAL WEEK: EL REY CAÍDO (LA NOVELA)


En los dos primeros días hemos dado a conocer una pequeñísima parte del amplio mundo de Saphir, un sin fin de criaturas habitan estas tierras, pero... ¿te apetece conocer más? El trasfondo de Sphere Wars es conocido como uno de los más elaborados y ricos en contenidos. Y a las muestras me remito, ya que en las Sphere Day´11 presentaron la primera novela basada en dicho universo. Bajo el título de "El Rey Caido", Joaquín Sanjuán nos traslada a Sphere Wars para conocer los entresijos de Saphir.


A continuación os dejo con el prologo de dicha obra. Espero que os guste

Salssa´el, diosa de la vida, observaba Saphir desde el panteón divino donde ella y sus hermanos vigilaban tanto ese como el resto de los incontables mundos habitados por sus criaturas. La deidad lanzó una mirada de soslayo a los otros dioses, pero estos se encontraban enfrascados en una de sus habituales discusiones y no parecían siquiera advertir su presencia.
—¡Esto es intolerable! –la voz de Mohed, Señor de la tierra, la roca y la arena resonó como un alud de piedras montaña abajo. Salssa´el no pudo evitar estremecerse solo con escucharlo—. ¡Los mortales jamás debieron tener acceso a la Quintaesencia!
—Nuestra traicionera hermana ya ha sido castigada por eso –recordó Kurgan, el dios de los mares y del hielo. Sus palabras resultaban frías y penetrantes como agua helada—. ¿Qué más quieres que hagamos?
—Esta esfera se nos ha ido de las manos –añadió Kazag, señor del fuego y de la incineración; cuando hablaba era como escuchar el crepitar de un gran incendio—. Sigo pensando que deberíamos destruirla, a fin de cuentas, tenemos muchas más en las que enfrentar a nuestras criaturas.
—Yo siento curiosidad por ver hasta dónde pueden llegar los humanos. Mis hijos han demostrado una capacidad de adaptación que supera a la de cualquier otra raza de las miles que hemos creado en las distintas esferas. –Malesur, señor del viento, miraba con cariño hacia Saphir, donde los humanos a los que él mismo había dado forma continuaban disputándose el territorio divididos en distintas facciones.
—Puede que los creases tú –intervino de nuevo Mohed—, pero esos ya no son tus hijos. Con la excepción de los que viven ocultos en los bosques, los demás se han olvidado por completo de ti y te han dado la espalda.
—Es posible, pero yo no se la he dado a ellos –replicó Malesur con férrea determinación.
—En cualquier caso el juego debe continuar –indicó Kurgan—. Llevamos compitiendo entre nosotros desde que dimos forma a la primera esfera. Nuestras criaturas reciben el don de la vida que otorga nuestra hermana tan solo para enfrentarse unas con otras en el duelo cósmico que libramos desde hace eónes. ¡No vamos a permitir que la intervención de la estúpida Salssa´el nos obligue a dejar de lado esta esfera!
—Hablando de nuestra hermana, ¿dónde se ha metido? –preguntó Mohed—. Desde que recibió su castigo y arrebatamos la inmortalidad a sus criaturas se muestra tan taciturna y melancólica que temo que pueda hacer alguna tontería.
—Olvídate de ella –dijo Kurgan—. Todavía hay mucho que ver en Saphir. Venid, estoy seguro de que pronto caerán esos Neonatos pese al poder de la Quintaesencia con el que nuestra engañosa hermana les obsequió.
Los cuatro hermanos se reunieron ante la cúpula celestial y escrutaron con interés los acontecimientos que se desarrollaban en Saphir mientras la quinta divinidad los observaba desde las sombras, llena de rencor y odio hacia aquellos que le habían castigado a través de su más preciada creación: los trascars, los únicos seres a los que dio forma al romper la ley que le prohibía crear algo por sí misma. Tanto ella como sus criaturas pagaron un alto precio por su desobediencia, pero no estaba dispuesta a que las cosas quedasen así. No podía soportar por más tiempo lo que sus cuatro hermanos estaban haciendo con ella y con todos los seres a los que le obligaban a dotar de vida.
Salssa´el aprovechó que los dioses elementales estaban distraídos con guerras y batallas para marcharse de allí, pues tenía asuntos de los que ocuparse. Llevaba muchísimo tiempo ideando un plan con el que vengarse de sus hermanos y finalmente había encontrado la forma de hacerlo. Sabía que no podía volver a crear criatura alguna, pues si bien tan solo lo había hecho en una ocasión, fueron sus hijos quienes pagaron el precio por sus actos cuando les fue arrebatada la inmortalidad con que ella les había obsequiado. Si volvía a intentar algo semejante no dudaba que sus hermanos los erradicarían de la faz de Saphir con un solo gesto. Así pues llegó a la conclusión de que debía encontrar otros emisarios que pudiesen actuar en su nombre. Sin embargo después de discurrir sobre ello se le planteó una nueva pregunta: ¿cómo podía hacerlo cuando solo se le permitía dar vida a las criaturas de sus hermanos? Al fin había dado con la respuesta: ella era la diosa de la vida, sí, pero también de la muerte. Ella era la única de entre los cinco hermanos que tenía poder sobre la vida y la muerte, motivo por el que los otros cuatro dioses precisaban de su ayuda para crear a sus criaturas. Decidió por tanto que puesto que no podía originar nuevos seres que le ayudasen a ejecutar su venganza y tampoco unir a su causa a las creaciones de sus hermanos, tan solo había un lugar en el que podría encontrar aliados: el otro mundo, más allá de la vida y de la muerte, el lugar al que van las almas cuando parten de sus cuerpos mortales. El único lugar al que los otros cuatro dioses no tenían acceso.
Serían los muertos los que le ayudarían a llevar a cabo sus planes. Resultaría de lo más apropiado, pues ellos debían ser el instrumento mediante el cual se vengaría, no solo de sus hermanos, sino también de los humanos conocidos como Neonatos. El líder de esta facción había recibido tiempo atrás el regalo de insuflar vida de manos de la propia Salssa´el y, para su decepción, en lugar de usarlo para honrarla y ayudarle a llevar a cabo sus planes, la traicionó e incluso fue el causante de la muerte de un elevado número de trascars. Ese día Salssa´el cambió: desde entonces tan solo vivía para la venganza.
Una vez tuvo eso claro no le costó esfuerzo dar con un alma poderosa y que, al igual que ella, se encontraba ansiosa de venganza. Otorgarle el poder de la muerte tan solo requirió suave un soplo por su parte.
Un castigo terrible estaba a punto de caer sobre los habitantes de Saphir, un castigo al que los propios dioses no sabrían cómo hacer frente. Ella, diosa de la vida, había abrazado la oscuridad de la muerte y sacrificado su identidad misma, un precio muy elevado, para cobrarse su venganza. Y sin embargo todavía estaba dispuesta a dar mucho más a fin de castigar a sus hermanos.


La lluvia repiqueteaba entre las ruinas del antiguo Castillo de Malakoy. El cielo estaba cubierto de nubes negras cargadas de agua entre las que saltaban algunos relámpagos; la tormenta estaba a punto de estallar.
Los siglos habían hecho mella en los restos de la antigua fortaleza. Los pedazos del que fuese el castillo del más poderoso linaje que jamás había gobernado Darlime no eran más que un tenue recuerdo de una época ya muy lejana, una época mejor, en la que los humanos todavía estaban unidos y combatían contra sus enemigos como un único pueblo. Eso quedaba muy atrás. El presente resultaba terrorífico para el futuro de la humanidad, pues no solo se encontraba dividida en facciones enfrentadas, sino que, además, eran muchos los enemigos que buscaban su exterminio.
Una figura se alzaba entre los restos del castillo sin apartar la mirada de las ruinas. Era la silueta de un antiguo rey, del que fuese un poderoso guerrero y un gran estratega y líder. En su raída capa podía verse el blasón de Malakoy, descolorido y estropeado por el tiempo.
Un relámpago restalló entre las nubes y su luz iluminó durante solo un instante al ente que posaba la mirada en los restos de su antiguo hogar. Su armadura, forjada para ser llevada por reyes y emperadores, le daba un aspecto imponente y majestuoso que se veía potenciado por el mandoble cruzado a la espalda, un arma de hoja oscura y envilecida por el poder de la muerte.
Con movimientos calmados pero decididos la criatura se quitó el yelmo que cubría su rostro y dejó a la vista unos ojos fríos como el hielo y enmarcados por una cascada de raído cabello oscuro. Su piel pálida parecía el reflejo de la misma luna.
—Malakoy... –fue solo un susurro, pero habría sido capaz de provocar la locura en el más cuerdo de los mortales—. Mi linaje ha desaparecido y con él todo aquello por lo que luché. Pero ahora he vuelto y la Hermandad de los Cien Corazones deberá pagar con sangre por lo que hizo, pues Jeryk Malakoy camina de nuevo entre los vivos.
Salssa´el le había prometido devolverle a su ejército para que le ayudasen en su búsqueda de venganza y era el momento de que la diosa cumpliese su promesa. El espectro alzó los brazos hacia el cielo oscuro y lanzó una llamada siniestra y silenciosa que recorrió todo Darlime. Al principio no ocurrió nada, pero poco a poco comenzaron a escucharse lamentos hasta que los primeros de entre los caídos se alzaron para acudir a la invocación del que fuera su Emperador durante sus vidas; también lo sería en la muerte.
Jeryk Malakoy sintió cómo acudían las almas de campesinos y plebeyos fieles a los Malakoy, pero también las de soldados, caballeros y hechiceros que defendieron hasta su último aliento al que fuera Emperador de Darlime hacía ya tanto tiempo.
—Salssa´el, tú me has devuelto la vida y a mi ejército. No te fallaré –susurró el caballero espectral—. Tus enemigos, al igual que los míos, caerán a mi paso.
La tormenta arreció y empapó a los fantasmas del pasado que una vez más se alzaban para combatir por su Emperador.
El Rey Caído había regresado a Darlime.



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